DESDE QUE LEÍ NATHALIA SUPE QUE ERAS TÚ, PERO NO ME DEJASTE CORREO ELECTRÓNICO Y TU PERFIL ESTÁ BLOQUEADO, ASÍ QUE NO TENGO MANERA DE HACER QUE LA COMUNICACIÓN SEA DE DOBLE VÍA.
QUÉ FELICIDAD ENCONTRARTE -QUE ME ENCONTRARAS-, SABER DE TI, OÍR DE TI.
PORFA!!!! SI LEES ESTO, ESCRÍBEME TU DIRECCIÓN DE ALGUNA MANERA.
MI CORREO ES veroniej@gmail.com
UNA VEZ MÁS, QUÉ ALEGRÍA QUE APARECIERAS!!!!
UN ABRAZOTE
VERÓNICA
(Siquiera no me cobro por palabra en este espacio clasificado... ¡me arruinaría!)
martes, abril 24, 2007
lunes, febrero 19, 2007
QUERER
Quiero que mi película la haga Pedro Almodóvar.
Me gustaría verla en cartelera y regresar a casa con el deseo incontrolable de tomarla entre las manos y ubicarla en el centro de la sala, convertirla en bailarina de porcelana o en escultura de Botero.
Quiero que cada plano parezca un cuadro pintado hace cien años, que la historia me lleve, me traiga, me golpee, me reviva, me cuestione y me deje con esa sensación de vacío satisfecho que me invita a seguir viviendo.
Quiero que Almodóvar la tome entre sus manos, la destruya y la recree, y me la entregue, nuevecita, estrenando, que le ponga a mi Lucía de lo mismo que le pone a su Raimunda; que al terminar la historia todos sintamos que la vida continúa, pero sin nosotros, que no nos importa, que no tenemos cabida en lo que sigue, que es un secreto que jamás descifraremos. Quiero verla y no reconocerla de inmediato, pero pensar que por allá en el fondo hay algo que nos une, que nos vimos en otro tiempo, en otra vida.
Quiero que él le haga el amor a cada toma, que los silencios sean suspiros. Quiero que la tienda de la esquina sea igual a la de su infancia, a aquella en la que compró bombones con caramelo o turrones de alicante cuando su nombre todavía no decía nada, y que el sacerdote sea el de sus pesadillas; quiero que la minifalda de la joven esté a su altura, que sea como él se la imagine, que despierte en él las pasiones más profundas.
Quiero que mi ventana sea de almodóvar, que de bendita no tenga más que el nombre.
Se preguntarán a qué viene esto, por qué ahora, qué más da, por qué no ahora, al fin y al cabo, según la teoría, todos estamos a seis personas de distancia de aquel que necesitamos, eso significa que necesariamente quien lea esto se encuentra a cinco de Almodóvar, y así, de menos en menos, hasta que sea el mismo Pedro –confianzas que me daré en aquel entonces- el que me diga: quiero que tú película sea mía.
Me gustaría verla en cartelera y regresar a casa con el deseo incontrolable de tomarla entre las manos y ubicarla en el centro de la sala, convertirla en bailarina de porcelana o en escultura de Botero.
Quiero que cada plano parezca un cuadro pintado hace cien años, que la historia me lleve, me traiga, me golpee, me reviva, me cuestione y me deje con esa sensación de vacío satisfecho que me invita a seguir viviendo.
Quiero que Almodóvar la tome entre sus manos, la destruya y la recree, y me la entregue, nuevecita, estrenando, que le ponga a mi Lucía de lo mismo que le pone a su Raimunda; que al terminar la historia todos sintamos que la vida continúa, pero sin nosotros, que no nos importa, que no tenemos cabida en lo que sigue, que es un secreto que jamás descifraremos. Quiero verla y no reconocerla de inmediato, pero pensar que por allá en el fondo hay algo que nos une, que nos vimos en otro tiempo, en otra vida.
Quiero que él le haga el amor a cada toma, que los silencios sean suspiros. Quiero que la tienda de la esquina sea igual a la de su infancia, a aquella en la que compró bombones con caramelo o turrones de alicante cuando su nombre todavía no decía nada, y que el sacerdote sea el de sus pesadillas; quiero que la minifalda de la joven esté a su altura, que sea como él se la imagine, que despierte en él las pasiones más profundas.
Quiero que mi ventana sea de almodóvar, que de bendita no tenga más que el nombre.
Se preguntarán a qué viene esto, por qué ahora, qué más da, por qué no ahora, al fin y al cabo, según la teoría, todos estamos a seis personas de distancia de aquel que necesitamos, eso significa que necesariamente quien lea esto se encuentra a cinco de Almodóvar, y así, de menos en menos, hasta que sea el mismo Pedro –confianzas que me daré en aquel entonces- el que me diga: quiero que tú película sea mía.
lunes, febrero 05, 2007
ODA A LA TIENDA DE LA ESQUINA
Cuando uno se va del barrio quisiera que la tienda de la esquina saliera detrás de uno, que Doña Señora empacara sus corotos y amarrara sus sonrisas junto con todos esos papelitos en los que anota día a día las deudas, las del mercado, las del almuerzo, las de los chocolates y los cigarrillos; que cogiera la nevera y el mostrador gastado, el vidrio que tantas veces sirvió de barrera entre la razón y el corazón, y los metiera en el camión de las mudanzas, que llegara al barrio nuevo y siguiera siendo para uno la señora de su tienda de la esquina, la que fía y sabe desde antes qué es lo que uno quiere, la del tinto por la mañana, sin azúcar como siempre, y la del pastel por la tarde, de guayaba de la buena.
Pero, ¡la tienda es tan fiel a su esquina!
...
(Luego, cuando son otros los años, otras las casas, otros los que fían, otros los ojos que se debaten frente al mostrador, otros los pasteles de guayaba, la señora de la esquina sigue ahí, todavía se acuerda de uno, todavía tiene un papelito guardado, ya amarillo, en el que se lee con tinta borrosa la última deuda, la que perdonó, la que saldó porque así es ella y todavía lo ve a uno y le sonríe mientras le sirve el tinto de la mañana, el sin azúcar como siempre)
Pero, ¡la tienda es tan fiel a su esquina!
...
(Luego, cuando son otros los años, otras las casas, otros los que fían, otros los ojos que se debaten frente al mostrador, otros los pasteles de guayaba, la señora de la esquina sigue ahí, todavía se acuerda de uno, todavía tiene un papelito guardado, ya amarillo, en el que se lee con tinta borrosa la última deuda, la que perdonó, la que saldó porque así es ella y todavía lo ve a uno y le sonríe mientras le sirve el tinto de la mañana, el sin azúcar como siempre)
miércoles, enero 31, 2007
16 Millones de segundos (casi 17)
Tengo 31 años, casi 32, y tengo que confesar que todavía no he vivido.
Al menos no he hecho nada que sea tan importante como para sentarme y pensar en todo lo que he aprendido, en todo lo que ha ocurrido, en todo lo que he cambiado, y aspirar profundamente el cigarrillo mientras pienso, Mierda, todo lo que he vivido.
No
Nada que siembro un árbol, aunque un día casi lo hago.
Nada que escribo un libro, en parte porque nada que vivo, así que sigo sin tener qué escribir y ahí empieza un círculo vicioso como tantos otros en los que se van metiendo los días.
Y nada que tengo un hijo.
No he superado ni el abc de la vida, no he hecho lo básico, lo mínimo que, según el dicho, todos debemos hacer para sentir que hemos vivido.
Y a eso no es sino sumarle cosas.
Nunca he visto un arma de verdad... salvo dos, aquella con la que practicaba tiro ese novio que tuve un tiempo cuando no sabía siquiera cómo se definía el amor y la que me pusieron en la cabeza cuando atracaron el restaurante de comidas rápidas en el que acababa de pedir un sánduche que se llamaba media luna, aunque tenía forma alargada, y las cientos de juguete, las de luces, las de agua, las de balines y las que se parecen tanto a las de verdad que hasta tienen prohibido llevarlas por la calle.
No he sido revolucionaria, porque, a decir verdad, no me ha pasado nada que me lleve a protestar, no he sentido el llamado de la izquierda o la derecha y el punto intermedio me resulta lo suficientemente cómodo como para quedarme en él. Aunque si algún día llegara a serlo, creo que no me gustaría, porque terminaría peleando contra eso de las revoluciones armadas mientras abogo por las culturales, que tampoco llevaron a ninguna parte a los seguidores de Mao Tse.
No he hecho largas travesías heroicas en las que he desafiado a la naturaleza, vencido a los violentos, superado pruebas tortuosas, padecido hambre y frío, en las que me he agotado físicamente y de las cuales mi espíritu ha salido renovado, con un conocimiento nuevo, con otra visión de la vida. Mis viajes han sido programados, con maletas de 40 kilogramos y pasajes costosos en avión y de ellos no he aprendido nada que no hubiera podido aprender en los libros.
No he conocido la pobreza.
Si a eso vamos, tampoco he sentido la tristeza, la profunda, la que se queda en los ojos.
Y, sin embargo, tengo 31 años, casi 32, es decir que he estado 11.315 días acá, 16’293.600 segundos, y, sin duda, algo ha pasado en ellos.
Pero qué, Mierda, qué.
Tal vez si lo veo de atrás para adelante o si hago un promedio de mis días.
De la casa al trabajo, del trabajo a la casa o al bar o al restaurante. Y el trabajo se divide en dos, de la oficina a las clases, de las clases a la oficina, siempre con el mismo ritmo frenético, siempre con el despertador que suena y que ignoro, siempre las carreras, las congestiones. El sol. Las nubes. La lluvia. La gastritis. El cigarrillo. El tinto. Siempre mi ciudad, mi Medellín.
y... ¿si mi Medellín no existe?
Al menos no he hecho nada que sea tan importante como para sentarme y pensar en todo lo que he aprendido, en todo lo que ha ocurrido, en todo lo que he cambiado, y aspirar profundamente el cigarrillo mientras pienso, Mierda, todo lo que he vivido.
No
Nada que siembro un árbol, aunque un día casi lo hago.
Nada que escribo un libro, en parte porque nada que vivo, así que sigo sin tener qué escribir y ahí empieza un círculo vicioso como tantos otros en los que se van metiendo los días.
Y nada que tengo un hijo.
No he superado ni el abc de la vida, no he hecho lo básico, lo mínimo que, según el dicho, todos debemos hacer para sentir que hemos vivido.
Y a eso no es sino sumarle cosas.
Nunca he visto un arma de verdad... salvo dos, aquella con la que practicaba tiro ese novio que tuve un tiempo cuando no sabía siquiera cómo se definía el amor y la que me pusieron en la cabeza cuando atracaron el restaurante de comidas rápidas en el que acababa de pedir un sánduche que se llamaba media luna, aunque tenía forma alargada, y las cientos de juguete, las de luces, las de agua, las de balines y las que se parecen tanto a las de verdad que hasta tienen prohibido llevarlas por la calle.
No he sido revolucionaria, porque, a decir verdad, no me ha pasado nada que me lleve a protestar, no he sentido el llamado de la izquierda o la derecha y el punto intermedio me resulta lo suficientemente cómodo como para quedarme en él. Aunque si algún día llegara a serlo, creo que no me gustaría, porque terminaría peleando contra eso de las revoluciones armadas mientras abogo por las culturales, que tampoco llevaron a ninguna parte a los seguidores de Mao Tse.
No he hecho largas travesías heroicas en las que he desafiado a la naturaleza, vencido a los violentos, superado pruebas tortuosas, padecido hambre y frío, en las que me he agotado físicamente y de las cuales mi espíritu ha salido renovado, con un conocimiento nuevo, con otra visión de la vida. Mis viajes han sido programados, con maletas de 40 kilogramos y pasajes costosos en avión y de ellos no he aprendido nada que no hubiera podido aprender en los libros.
No he conocido la pobreza.
Si a eso vamos, tampoco he sentido la tristeza, la profunda, la que se queda en los ojos.
Y, sin embargo, tengo 31 años, casi 32, es decir que he estado 11.315 días acá, 16’293.600 segundos, y, sin duda, algo ha pasado en ellos.
Pero qué, Mierda, qué.
Tal vez si lo veo de atrás para adelante o si hago un promedio de mis días.
De la casa al trabajo, del trabajo a la casa o al bar o al restaurante. Y el trabajo se divide en dos, de la oficina a las clases, de las clases a la oficina, siempre con el mismo ritmo frenético, siempre con el despertador que suena y que ignoro, siempre las carreras, las congestiones. El sol. Las nubes. La lluvia. La gastritis. El cigarrillo. El tinto. Siempre mi ciudad, mi Medellín.
y... ¿si mi Medellín no existe?
Sopa en la nevera
Como ahora resulta que cualquiera que pase por la cuadra y se asome a la ventana y lo vea a uno en plena hora de almuerzo tiene la capacidad de reconocer si la tajada está madura, pintona o verde y de saber si el arroz quedó mojado o está seco, me dijeron ayer que yo amaba con palabras, de labios pa´fuera. Todavía no sé si eso significa que de la ventana pa´ allá se ve si la carne está quemada o si es sólo rabia de caminante, un elogio camuflado, una envidia termino medio. Pero es cierto, amo con palabras y son más las palabras que dejo de decir que las que digo y aman más las primeras que las últimas, porque se escuchan más duro aunque no aturden y se graban para siempre en la fonética de las alacenas.
Ahora resulta que todos los transeúntes se creen invitados a la mesa y me obligan a pasar de ser lo que soy a ser mesera. Pero no voy a cerrar la ventana, más bien espero a que cierren la cuadra. Y mientras tanto sigo amando con palabras, porque mientras haya sopa en la nevera, tengo mucho por decir, de labios pa´fuera y alma pa´dentro.
Ahora resulta que todos los transeúntes se creen invitados a la mesa y me obligan a pasar de ser lo que soy a ser mesera. Pero no voy a cerrar la ventana, más bien espero a que cierren la cuadra. Y mientras tanto sigo amando con palabras, porque mientras haya sopa en la nevera, tengo mucho por decir, de labios pa´fuera y alma pa´dentro.
lunes, marzo 20, 2006
Profesión o Antifesión
Eso de querer contar historias se ha convertido más en un asunto financiero que otra cosa, con balance de ingresos y egresos, con tablas de pérdidas y ganancias, con flujos de caja siempre en mi contra. Eso de contar historias me ha llevado a ser contadora, pero no de las que se sientan en un parque y se quedan mirando hormigas y se imaginan que no vienen de ninguna parte, que salieron de la nada, que se persiguen porque no hay más que hacer, que no tienen idea de hacia dónde se dirigen, pero que llegarán indudablemente a su destino. Tampoco de las que buscan lo imperceptible en otros ojos, en los que se ven cuando uno cruza una calle o en el bus o en el semáforo. No de las que miran una carretilla de esas que empujan los recicladores y ven sobre ella un carro pintado de rojo, sin llantas, sin cojinería, sin motor y sin vidrios y le ponen nombre al carro o quien lo arrastra, a la carretilla o al momento. Menos de las que sale de viaje con maletas de ropa y maletas vacías y está dispuesta a cambiar la ropa por ideas, aunque sea una que pueda sufrir un proceso de mitosis o meiosis hasta terminar de cuento largo, corto, novela, ensayo, guión o poema. Me ha convertido en contadora, de las que serían públicas si hubieran estudiado la carrera, de las que ponen sellos para avalar procesos, de las que pagan nóminas o las retienen o las reciben; contadora de las que tienen su libro de contabilidad dividido en dos columnas, la de las ideas que no llegaron y la de las historias que no salieron.
miércoles, septiembre 07, 2005
Dudas de hoy...
Si en lugar de empinarnos para alcanzar los sueños tuviéramos que agacharnos para permitir que ellos nos alcanzaran, ¿qué pasaría con tantos tacones?
martes, septiembre 06, 2005
El lado práctico de la academia
Si yo me narrara no sabría por dónde contarme ni a qué género acogerme, sería un dogma sin dogmas, un cine negro con sombras, una tragedia que haría reír, un final feliz sin héroe.
Si yo me narrara no tendría tiempo ni espacio y mis vectores indicarían en sentido contrario, mi narrador sería omnisciente y estaría ausente. Mi autor sería anónimo.
Si yo me narrara empezaría por un final que no concluiría nunca y terminaría con un principio que no llegó jamás.
Si yo me narrara no tendría tiempo ni espacio y mis vectores indicarían en sentido contrario, mi narrador sería omnisciente y estaría ausente. Mi autor sería anónimo.
Si yo me narrara empezaría por un final que no concluiría nunca y terminaría con un principio que no llegó jamás.
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