domingo, noviembre 11, 2007

Una largaaaaaaa reflexión

Tendría unos diez u once años cuando me escribí la primera carta dizque para que no se me olvidara nunca lo que quería ser cuando fuera grande. Ahora no la encuentro, quién sabe dónde la oculté para protegerla de mí, de lo que sería a los 17 o a los 25, pero todavía la recuerdo a grandes rasgos. Sé que hablaba de los dos hijos que tendría, de hecho hasta me dirigía a ellos pidiéndoles paciencia y recordándoles que incluso desde los 10 ya los estaba esperando.

Sabía que iba a ser periodista, estaba convencida de ello, con mis palabras iría registrando la historia, no la Gran Historia, sino ese montón de pequeñas historias que suelen pasar desapercibidas, pero que se las ingenian para marcar la diferencia, tímidas, silenciosas. A los diez no fumaba y odiaba a todos los que lo hacían, tampoco comía pepinillos. Me preguntaba si los fumadores sentirían frente a su cajetilla nueva lo mismo que sentía yo cuando compraba la caja grande, amarilla, de chiclets adams y si los que sacaban pepinos del frasco sentirían lo que sentía yo cuando abría por primera vez un gran frasco lleno de dulce de brevas. Hoy me gustan los pepinillos –aunque sigue siendo mejor abrir el frasco de brevas- y no apago un cigarrillo, bueno, es un decir, pero fumo tanto que la tos no deja dormir a mis vecinos.

Mis vecinos son mis padres, increíble. A los diez nunca pensé que a los 32 viviría al lado de ellos, separada sólo por una puerta de cuarto, aunque acá todo parezca ser un apartamento. Yo me veía casada, con mi marido artista o antropólogo, queriéndonos, contándonos historias de nuestras propias aventuras, saliendo de mochila en hombro y bebé en canguro a recorrer el mundo. No tengo marido y durante unos ocho años hubiera jurado que jamás lo tendría. Ahora me hace falta, no mi marido soñado, sino uno cualquiera, un compañero estable de existencia.


Tomaría fotos, muchas fotos. Al fin y al cabo, mientras los demás pidieron una Bebé Cuchi de Navidad, cuando teníamos cinco o seis años, yo pedí mi primera cámara y me la dieron, una Kodak Disc hermosa, que dejó de tomar fotos cuando se cayó de la puerta de reja en donde la había puesto en la finca de Eva, en Santafé de Antioquia. Hoy tengo una cámara y tomo fotos, no tantas como quisiera ni de los temas que me gustarían, pero tomo fotos. Hasta cámara de video tengo y aprendí a manejar el dichoso programa de edición, pero la adultez se me impregnó en los huesos y la cámara, contrario a lo que hubiera pensado, pasa la mayor parte del tiempo guardada en un cajón de la alacena. Imagino que habría sido distinto si la cámara la hubiera recibido de Navidad a los 12, a los 13, a los 14. A los 15 ya la emoción había pasado y yo andaba oculta bajo 81 kilogramos de grasa, carne, miedos y tristezas.


Vivo en una casa con quebrada y, en contra de mis presagios, jamás he bajado la ladera que me separa de ella. No me he sentado en la hierba más de dos veces. No he hecho una sola casita de madera. Y no tengo derecho alguno a quejarme, porque nada me lo ha impedido, nadie me ha dicho que no lo haga y nunca me he dado argumentos sobre salud, edad, estabilidad o riesgo para no hacerlo.

Tengo una perra, algo de lo planeado se ha hecho realidad. Un perra hermosa, ya van tres perras que tengo desde que me escribí las cartas y todas han sido grandes compañeras. Y un trabajo estable y el carro que quería y he viajado, he estudiado afuera, he conocido otras culturas, pero no puedo dejar de sentir ese sabor metálico en la boca, el que deja la mediocridad en la vida, el que queda de no haber aprovechado cada segundo al máximo.

Todavía estoy a tiempo, ahora me escribo para recordarme el rumbo, para ver si por fin, a los 64, cuando lea esto, si Dios quiere, encuentro que he logrado al menos parte de mis sueños. Ya no quiero ser periodista, pero quiero escribir historias, esas pequeñas historias que mencioné antes. Y vivir en una finca, quizás como esta, aunque ojalá sea una de esas de bareque y ventanas de madera. Y quiero no ser esclava del trabajo ni del carro ni del reloj ni del banco con mis deudas. Quiero disfrutar al máximo algo que no imaginé a los diez que ocurriría: que llegaría a los 32, con lo lejos que se siente eso cuando uno no ha superado la primera década de vida, y mis padres seguirían vivos, que seguiríamos queriéndonos igual, que seguiríamos unidos como una familia ideal.

Si tuviera diez y hoy viniera, sé que llegaría sucia, con la ropa vuelta nada porque antes de entrar a la casa bajaría a la quebrada, me tropezaría en el camino, rodaría hasta el agua, soltaría una carcajada que quizás me llevaría a orinarme de la risa, recogería cuanta leña se me atravesara, encendería una fogata, haría una casita en la mitad de la manga, y entonces sí, guiada por la sed, entraría a conocerme. Buscaría primero a mis dos hijos, por todas partes, porque me parecería increíble que no estuvieran. Después me vería prender un cigarrillo, me llenaría de decepción y me botaría el paquete a la basura, sin miramientos, sin pensar en el desespero que mi yo adulto sentiría. Luego de unos minutos sin niños, sin brevas, sin chicles, me aburriría tanto que no vería la hora de salir corriendo y volver a mi infancia a escribirme otra carta para halarme las orejas y recordarme la importancia de hacer realidad mis sueños.

No fui científica, ya de niña sabía que no iba a serlo, aunque me apasionara la idea. Escritora, eso era lo que de verdad me motivaba, y profesora. Escribo, sí, textos publicitarios. Y soy profesora, lo que me recuerda que tengo alrededor de 150 trabajos para calificar este fin de semana, así que mejor me despido de mis conjeturas, de mis planes, de mi ayer y me concentro en el ahora.

Pero antes, una última reflexión, a ver si “marco destino”: Se acerca la Navidad y la vida se ha empeñado en darme siempre los más grandes regalos en esta época, porque he sido lo que la gente llama de buenas, nací con estrella, he tenido suerte. Mis grandes amores han aparecido en Navidad y las buenas noticias también. Esta vez será igual.

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